miércoles, 15 de noviembre de 2017

“TAL VEZ SOÑAR” de Antonio Tabares

Con seis obras en su haber, las cuales han tenido extensa representación a lo largo del territorio nacional, han sido candidatas y ganadoras de premios tan prestigiosos como los MAX, los Réplica o los Tirso de Molina, y una de ellas incluso ha sido llevada ya al cine (“La Punta del Iceberg”, dirigida por David Cánovas en 2016), Antonio Tabares se resiste a confiarse con las zonas de confort y se arriesga a sumergirse en un terreno nuevo y diferente con su último trabajo, “Tal Vez Soñar”. Dirigida por Mario Vega y escenificada por la Factoría Unahoramenos, la obra se estrenó el pasado sábado 11 de noviembre en el Teatro Leal de La Laguna, iniciando la que, esperamos, sea una andadura larga y exitosa, como ya lo han sido las anteriores obras de Antonio Tabares o las pasadas escenificaciones montadas por esta compañía teatral (“Me Llamo Suleimán”, “Los Malditos”).

El título de la obra no puede ser más evocador de la tradición teatral. Guiño al más famoso monólogo de “Hamlet”, en la que el Príncipe de Dinamarca se decía aquello de “¡Morir…, dormir! ¡Dormir…! ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el problema!”, también expone el territorio en el que se desarrolla toda la obra, a medio camino entre el limbo y el sueño. Muchas son las teorías acerca del Más Allá, pero pocas tan emotivas y hermosas como la que nos plantea Antonio Tabares. Si en “Cuento de Navidad” de Charles Dickens (obra con la que “Tal Vez Soñar” también tiene una gran cercanía) Ebenezer Scrooge era visitado por tres espíritus que le hacían reflexionar acerca de su vida, aquí nuestra protagonista, Inma, acaba de morir y su espíritu visitará a través de los sueños a sus seres queridos, compartirán asuntos pendientes y será testigo de cómo continúa la vida sin ella.

A lo largo de una hora y media, el texto compagina el humor, el drama, la ternura y la nostalgia, consiguiendo el difícil mérito de extraer de manera simultánea al espectador la sonrisa y la lágrima. Abunda en la obra el diálogo ingenioso, la caracterización caricaturesca (en ocasiones, bordeando lo grotesco) y el absurdo en algunas situaciones, sin embargo, como buenos funambulistas, tanto Tabares en la escritura como Mario Vega con la puesta en escena consiguen evitar caer en la farsa o la risa fácil. El carácter fantástico de la historia se sustenta de pequeños relatos de fuertes cimientos realistas y cotidianos; de esta manera, junto a los componentes cómicos, los personajes mantienen un fondo dramático con el que el espectador puede empatizar y sentirse cercano.

Interpretativamente, la obra supone también un gran desafío. Marta Viera como Inma asume varios retos. Por un lado es un personaje sobre el que recae toda la responsabilidad de la obra, su presencia en el escenario es prácticamente constante, y la actriz lo afronta sin perder el aliento en ningún momento. Por otro lado, el abanico de emociones que desarrolla Inma es asombroso, en varias ocasiones prácticamente sin filtro y pasando de la risa al llanto sin apenas tiempo de transición. En este sentido, la interpretación de Viera es una verdadera montaña rusa que arrastra consigo al espectador, que se ve zarandeado emocionalmente a la misma velocidad que el propio personaje. Quique Fernández tampoco lo tiene fácil. A lo largo de la representación debe asumir un total de cuatro personajes diferentes, cada uno con una manera de hablar, de vestir y con un lenguaje corporal diferente. Dos de ellos, además, suponen un auténtico acto de transformismo delante del espectador, sin por ello perder credibilidad en escena. Por último, tenemos a Miguel Ángel Maciel, como un particular San Pedro (aunque a nosotros nos recuerda más a aquel Clarence de “Qué Bello Es Vivir”), un personaje aparentemente más plano y secundario que los otros dos, a priori una herramienta del dramaturgo para trasmitir información al espectador o una excusa cómica para aliviar algunos de los picos dramáticos de la obra. Nada más lejos de la realidad. El actor no sólo consigue ganarse el afecto del público, sino que su personaje se gana por derecho propio su presencia en la obra, más allá de los recursos de dramaturgia que ejerce.

Limbo, tierra de los sueños, la escenografía supone también un elemento fundamental de la obra. El juego con las cortinas, la iluminación, y el poco decorado que habita la escena va mutando a lo largo de toda la obra, acogiendo los diferentes momentos de la obra, sin necesidad de transición o pausa. Como en el caso de Quique Fernández, este escenario minimalista se transmuta ante los ojos del espectador, respetando esa naturaleza etérea, volátil, del espacio onírico que representa. La música, por su parte, entabla también un juego nostálgico con el espectador. La canción “Moon River”, compuesta por Henry Mancini para la película “Desayuno con Diamantes” se establece como leitmotiv que conecta a la protagonista con el público y, a su vez, con otros personajes de la obra.

Con “Tal Vez Soñar”, Antonio Tabares ha efectuado un salto sin red, ha abandonado los territorios más concretos de su dramaturgia anterior y se ha dejado llevar por un espíritu más quijotesco y metafísico, sin por ello perder un ápice de su ingenio, su habilidad para hablar de la realidad que nos rodea o de las trabas emocionales que obstaculizan nuestras experiencias vitales. Por su parte, la Factoría Unahoramenos vuelve a sumar un nuevo triunfo a su catálogo, representado con mimo, inteligencia y talento. Sin duda, una buena apuesta para acercarse al teatro.