jueves, 12 de enero de 2017

“EL UNIVERSO MÍNIMO” de Jordi Solsona


(DelMedio Ediciones, 1ª edición, 173 págs., 2016)

Cuando el ser humano ha de enfrentarse a elementos que van más allá de su comprensión , una de las herramientas que puede utilizar es reducir la escala y tratar de asimilarlo a los componentes de su entorno. Darle una forma cercana y cotidiana para poder después dar el paso a formas de comprensión superiores. “El Universo Mínimo”, la primera novela (en seguida entraremos a analizar con más detenimiento si éste es el término adecuado) de Jordi Solsona, nos sitúa en ese campo ya desde su propio título. Las doce historias que se desarrollan en el libro están emplazadas en un espacio concreto, cerrado y con sus propias claves culturales, históricas y sociales. Un microcosmos que desde lo mínimo apunta hacia la eternidad. No es, desde luego, un propósito modesto el que se ha impuesto el escritor para esta primera obra.

¿Con qué clase de libro nos encontramos? Lo acabamos de calificar de novela, pese a que realmente es una obra conformada por doce relatos que se pueden leer de manera independiente. Al mismo tiempo, la prosa utilizada por Solsona no es un fin en sí misma, sino una herramienta discursiva. En este sentido, nos recuerda a determinadas obras de Umberto Eco, un intelectual que provisionó a algunos de sus libros de un formato narrativo, pero una finalidad ensayística. El arte de narrar como vehículo, casi como si de parábolas se tratara, para hacer llegar de manera más lúdica la reflexión al lector. Jordi Solsona nos habla de muchas cosas en el libro, nos ofrece diferentes niveles de lectura y distintos estratos físicos y metafísicos convergen en el discurso. Lo que sí es cierto es que pese al carácter autónomo de los relatos, existe una cohesión interna, una cadencia atávica que enlaza todas las historias, y, fundamentalmente, un contexto geográfico que es algo más que un emplazamiento y que funciona como demiurgo. En base a esto, nosotros optamos por entender esta obra más como una novela que como una recopilación de relatos o un ensayo en prosa (aunque su identidad beba de los tres formatos).   

Como hemos comentado, el libro lo conforman doce relatos, que suponen los doce capítulos de la novela. A su vez, cada relato mantiene una estructura fija, en tres actos. El primer acto supone una presentación del personaje y su conflicto; el segundo introduce el componente metafísico, que al mismo tiempo está estrechamente arraigado en el espacio geográfico o histórico; finalmente, una vez el protagonista es capaz de salir de su individualismo y se integra en ese marco universal, tiene lugar la epifanía y la conclusión. En este sentido, la obra nos recuerda también a aquel “Cuento de Navidad” de Charles Dickens, donde el protagonista debía afrontar la visita de seres sobrenaturales que le instruían en un cambio vital. El escritor es muy disciplinado a la hora de mantener esta estructura interna, aunque es cierto que avanzados los capítulos puede resultar un tanto reiterativa para el lector. En este sentido, encontramos una confrontación entre coherencia y previsibilidad narrativa. Solsona opta por la primera a riesgo de perder la frescura y sorpresa de los primeros capítulos.

Como venimos diciendo, el espacio es fundamental en la obra. Los Realejos tiene una doble lectura, como espacio físico, real y transitable, y como entidad mítica, cargada de identidad a través de su historia, sus personajes y sus conflictos. Nacido en Barcelona, Solsona nos ofrece un conocimiento íntimo del pueblo, de sus leyendas, sus calles, y su elitismo social como si procediera de una larga tradición familiar de realejeros. Se nota en su narración un gran amor y respeto por esta villa histórica, afecto que no quita conocimiento a la hora de apreciar también la faceta menos esplendorosa del pueblo. Las descripciones geográficas son poéticas y minuciosas al mismo tiempo, situando al lector físicamente en el espacio donde se desarrolla la historia, pero al mismo tiempo aportándole un carácter etéreo, místico.   

Según el autor, los personajes están inspirados en personas reales y en historias auténticas, al menos los conflictos; sin embargo, al igual que sucede con la descripción del espacio, estos tienen un doble nivel de existencia. La narración es lo suficiente detallista y las características vitales de cada protagonista tan bien definidas que resultan totalmente verosímiles y auténticas. Por otro lado, se juega de manera hábil con los estereotipos, lo que sumado a ese valor metafórico y caricaturesco en los nombres de cada personaje que delinea su personalidad con un trazo grueso, los extrapola del contexto concreto y los integra en lo conceptual. Es aquí donde podemos apreciar de manera clara el bagaje teatral del escritor, quien emplea los recursos de la dramaturgia en la construcción de sus personajes, y el propio tono de la narración y los diálogos cuenta con una cadencia muy teatral. Tal es así, que nos aventuramos a proponer que una ruta teatralizada por Los Realejos en base a estos personajes podría ser una interesante actividad complementaria al libro e incluso un atractivo turístico para la Villa. Y es que, si bien tanto la descripción del pueblo como de sus gentes es tremendamente localista y concreta, el lector es capaz de empatizar con cada historia gracias a los arquetipos y el carácter universal que el autor les imprime. 

Esta dualidad entre espacio y personaje no es baladí, sino el centro del discurso de la novela. Todos los personajes se caracterizan inicialmente por una desconexión vital, por lo general provocada por unas estructuras sociales artificiosas y el miedo a dejar salir el verdadero ser, escudándose tras una armadura forjada con miedo y represión. La necesidad de reintegrarse armónicamente con el exterior, de depurar comportamientos, lenguajes y valores adulterados, de romper ese peto restrictivo y castrador se convierte en la inferencia de cada una de las historias. Para ello, Jordi Solsona emplea las estructuras de la programación neurolígüística, y es ahí donde entre de manera más evidente el componente discursivo de la obra. Hay un componente en la obra, no de autoayuda, pero sí de autoreflexión, ya que el autor espera del lector una identificación, si no con todos los personajes, sí con algunos de ellos, de manera que las enseñanzas que descubre cada personaje puedan ser asimiladas y utilizadas por el receptor del libro y, más allá aún, le permitan acercarse más a la felicidad personal. Afortunadamente, este componente no cae en lo propagandístico, pero sí es cierto que en determinados pasajes se pierde el tono narrativo en favor de ese discurso explicativo y didáctico, mediatizando y conduciendo al lector. Al fin y al cabo, todos los relatos tienen su propia moraleja y el autor dirige de manera más o menos obvia a los personajes hacia ella.    

Con el fin de nivelar estos elementos, dar más soltura a la narración y despertar el ingenio del lector, Solsona se apoya también mucho en el humor. No se trata sólo de ese componente caricaturesco con el que se acerca a los personajes, sino también la sorna y la acidez con la que adorna las descripciones y los diálogos. No podemos negar que todos los relatos cuentan con un trasfondo dramático, pero en ningún momento la narración cae en el melodramatismo o el sentimentalismo gracias a ese tono cáustico y  socarrón que aplaca cualquier emoción exacerbada. No es que Solsona quiera quitar trascendencia a sus historias, pero tampoco quiere que se pierdan en un tono artificioso y afectado. Ese componente de ironía comunica además directamente con un cierto tratamiento postmoderno de los relatos, derivando a su vez hacia el terreno de la metaficción, desde el momento en que existe también una autoconsciencia de su carácter fabulador, concretado en el cierre del libro, donde se establece un diálogo directo entre personaje y escritor, aportándose Solsona a sí mismo de manera jocosa el mismo valor místico que previamente había concedido a figuras históricas como Viera y Clavijo o Agustín Espinosa.

Pese a toda esa complejidad conceptual que hemos ido desgranando aquí, no es “El Universo Mínimo” un libro denso o complicado. Su lectura desde un principio es cercana y amena, facilitando la transición de lo físico a los elementos más abstractos e intelectuales. Se trata, en definitiva, de un libro ágil, que aporta al lector una experiencia lúdica, pero también cargada de aprendizaje.

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