martes, 1 de diciembre de 2015

"APÓSTOL" de Manuel Pérez Cedrés

(Nova Casa Editorial, 1ª edición, 173 pág., 2015)
En su segunda novela, el escritor Manuel Pérez Cedrés ofrece un cambio de rumbo con respecto a su opera prima, “El Samurái Desnudo”. “Apóstol” nos presenta un tratamiento más sofisticado, más elegante y emotivo. La novela se aleja de los ambientes subversivos, las relaciones turbulentas y el sexo depravado de las experiencias de Roy Kolbe y nos acerca a la búsqueda del amor por parte de Lucas, un gris funcionario atrapado en una concepción literaria de las relaciones humanas. Esto, sin embargo, no convierte a la novela en una obra convencional, sino que el autor mantiene su gusto por la experimentación con las estructuras narrativas y por la confluencia de diferentes tramas y personajes que ayudan a definir y ampliar los parámetros de su discurso.

Ya desde el título se nos introduce en un conjunto de referencias de tintes religiosos, aunque en este caso, la doctrina que divulga nuestro apóstol no es en sí la de la religión cristiana, sino una creencia más universal en el Amor. Este concepto regirá las diferentes historias que nos propone Pérez Cedrés, revelándose como una idea poliédrica, con diferentes encarnaciones e interpretaciones. Asociado al concepto de apóstol y del amor viene también la idea del sacrificio, del martirio antes de alcanzar la Gloria. El protagonista de la novela debe pasar por diferentes calvarios antes de finalmente encontrar el amor en brazos de una mujer a la que conoce en la última etapa de su vida, ya rendido a la soledad, a un estilo de vida de retiro cuasi monacal. La identificación del nombre de este personaje femenino (Gloria) con esa iluminación mística es lo que redondea ese componente religioso de la novela.

Dos son las historias de amor principales en “Apóstol”, por un lado, el amor platónico, no consumado de Lucas hacia Clara, una trama de dolor y decepción, y por otro su relación con Gloria, de la que únicamente se nos narra el principio y el final. Se trata de dos historias antagónicas y que nos hablan precisamente del amor como un constructo idealizado y fantaseado a través de la música, la literatura o el cine, una concepción de las relaciones sentimentales llamada al fracaso por su propio artificio, frente a un amor compartido, sincero, cercano, carente de las expectativas románticas, sino más bien asentado en el día a día y lo cotidiano. El amor finalmente se convierte en felicidad, pero se trata de una felicidad caduca, unida al sentimiento de muerte. Estas son las dos tramas principales, pero no son las dos únicas historias de amor que nos narra Manuel Pérez Cedrés en esta novela. A modo de historia de iniciación, se nos narra también el primer amor del protagonista hacia Ángela (de nuevo un nombre con connotaciones religiosas), llamado a marcar ya las características de sus futuras aventuras románticas, así como su furtiva relación con Amanda, una mujer casada. En su deambular vital, Lucas irá confluyendo con otras historias, también cinceladas con el mismo punzón de la soledad y las aspiraciones románticas no cumplidas. Así, por ejemplo tenemos las historias de los padres del protagonista; Doña Elena, la compañera de residencia de su madre; o los compañeros de oficina, Federico y Lara y Clara y Toni. Cada una de estas historias tiene sus propias características y apunta a una construcción diferente del amor, basada en expectativas distintas de personajes con necesidades diversas, coincidiendo únicamente en sus carencias afectivas, el condicionante del entorno social y el sentimiento de soledad y abandono cuando no se cumplen sus aspiraciones románticas.

Manuel Pérez Cedrés nos describe un personaje principal marcado por sus propias contradicciones que lo hacen más humano. Se trata de un solitario con necesidad de compartir su vida con alguien; una persona silenciosa, discreta, pero con un ansia por expresarse y comunicarse; guarda una gran pasión dentro de sí, pero deconstruye e intelectualiza todo lo que le rodea para intentar comprenderlo; es amable, pero también receloso y envidioso del amor ajeno. Lucas se convierte así no sólo en el narrador en primera persona de su historia, sino de la de aquellos que le rodean. Los otros personajes masculinos son vistos por él con cierto desprecio, que oculta esa envidia, o por un sentimiento de lástima que comulga con su propia soledad y sentimiento de fracaso amoroso. Lucas se siente intelectual y amorosamente superior, pero no cuenta con las oportunidades que tienen otros con las mujeres. Así, por ejemplo, ve a Toni como un seductor y un crápula, y se compara, describiéndose a sí mismo como una pareja romántica más positiva, a pesar de su falta de experiencia en ese terreno; mientras que en la figura de Federico ve un reflejo dramático de su propio destino tras el rechazo de Clara. Por otro lado, a excepción de Gloria, describe a los personajes femeninos de una manera irreal, basada más en su idealización romántica, que en la verdadera identidad del personaje. Existe en todas las mujeres que le rodean un hondo sentimiento de indefensión, de falta de autoestima, que las lleva a rendirse ante los encantos seductores y firmes de un modelo masculino como Toni y a despreciar los modos apocados y frágiles de Federico o él mismo.

La narración se convierte así en un amargo y doloroso diálogo interior, construido a modo de narrativa poética. Mientras que en “El Samurái Desnudo” el lenguaje era desafiante, urbano, dispuesto a escandalizar al lector, e incluso expulsarle de la novela; aquí nos encontramos con una técnica diferente. El lenguaje de “Apóstol” es barroco, elaborado, repleto de un léxico y una retórica colorida que marcan una vez más las distancias con el lenguaje abrupto y obsceno del Roy Kolbe de su opera prima. Esto comulga precisamente con ese mundo artificioso de Lucas, predefinido por su afición a la literatura y su búsqueda de conectar la realidad de su vida con las historias de sus libros. Sin embargo, Manuel Pérez Cedrés utiliza esto precisamente para todo lo contario, las diferentes tramas que nos va relatando el protagonista adquieren a través del lenguaje un tono novelesco que subraya ese abismo entre el idealismo romántico de nuestro héroe y la realidad de las relaciones sentimentales. Al mismo tiempo, Pérez Cedrés emplea la estructura de historias cruzadas a lo largo del libro, haciendo que las diferentes tramas se vayan engarzando entre sí, jugando con la continuidad temporal (intercalando flashbacks, flashforwards y algunas reiteraciones) y dejando al lector expectante por saber cómo continúa la narración. En ocasiones esto puede ser contraproducente, ya que ese rupturismo narrativo interrumpe el fluir dramático de la historia, sin embargo, el escritor lo hace de manera interesada. No sólo mantiene la sensación de suspense, sino que es un recurso para evitar caer en el sentimentalismo melodramático. Al igual que hace con sus personajes, Pérez Cedrés rompe así con las expectativas que pudiera tener el lector hacia la novela y le obliga no sólo a reordenar la narración, sino también su propia concepción de lo que debe ser una historia de amor.
 
Los que disfrutaron con “El Samurái Desnudo” volverán a encontrar en “Apóstol” a un autor que lucha por evitar los convencionalismos y al que le gusta implicar de manera activa al lector en sus novelas. A priori, esta segunda obra puede parecer más sencilla y accesible que la anterior, y en muchos aspectos lo es. Se trata de una novela más corta (173 páginas frente a las 298 de “El Samurái Desnudo”), más digerible por el lector, sin aquel abuso de recursos experimentales (aunque no exenta de ellos), sin aquellos cambios estilísticos tan abruptos, donde todas las tramas cierran de manera más o menos clara (siguen quedando muchos elementos elípticos, a la espera de que sea el lector quien los rellene, pero todas las historias tienen una conclusión) y, como decíamos antes, con un lenguaje más embellecido, sin las asperezas y agresividad que definían el estilo de Roy Kolbe. Sin embargo, esto no la convierte en una obra de lectura fácil o intrascendente. Como hemos visto, en su sencillez, la novela esconde una reflexión profunda sobre el concepto del amor y cómo esta idea ha sido desvirtuada por nuestra propia cultura, convirtiéndola en un elemento que puede ser dañino para las relaciones sentimentales. Se trata también de una obra más minuciosa, a la que le gusta recrearse en los pequeños detalles y que precisamente busca la poesía en los componentes más sencillos y cotidianos, desmitificando las grandes imposturas románticas. Manuel Pérez Cedrés nos dice que otro tipo de literatura romántica es posible, y “Apóstol” es su emisario.    

No hay comentarios:

Publicar un comentario