sábado, 14 de noviembre de 2015

“DOCTOR SUEÑO” de Stephen King

(Plaza & Janés, 1ª edición, 601 págs., 2013. Traducción: José Óscar Hernández Sendín)

Permítanme comenzar esta reseña con un apunte personal. Mi primer contacto con la obra de Stephen King tuvo lugar cuando yo tenía ocho o nueve años a través de la televisión, con la emisión de la adaptación de “El Misterio de Salem’s Lot” de Tobe Hooper. Recuerdo no verla, sino escucharla desde la oscuridad de mi cuarto e imaginarme las imágenes, incapaz de dormir ante el terror que aquello me provocaba. Años más tarde, King se convirtió en el autor de cabecera de mi adolescencia (durante la segunda mitad de los 80 y principios de los 90). Devoraba todas sus novelas y me sentía fascinado por su particular lenguaje, su capacidad para generar personajes cercanos, reales, atrapados en situaciones sobrenaturales o ese universo interconectado de una novela a otra. Como todo en la vida, el exceso provoca desgaste y, de repente, allá por 1993, tras la lectura de “El Juego de Gerald” y “Dolores Clairbone”, la obra del escritor de Maine dejó de interesarme. Por un lado, todo me resultaba reiterativo, los mismos recursos, el mismo esquema de personajes, los mismos guiños al fan conocedor de su obra, evidenciando un proceso industrializado de escritura de un autor que se había convertido en uno de los principales bestsellers del mercado editorial; por otro lado, yo iniciaba una nueva etapa de mi vida, entraba en la universidad y mis experiencias, así como mi espectro de lecturas, se ampliaban. En 22 años no había leído ninguna nueva novela de Stephen King. Veía cada nuevo libro suyo en la estantería de las librerías, pero no me motivaba a comprarlo. De repente, recientemente, tuve un antojo de nostalgia. Me apeteció volver a tocar en la puerta de ese universo literario y ver cómo seguía todo. Para esta visita escogí una obra que conectaba al King actual con aquel que formó parte de mi adolescencia: “Doctor Sueño”, secuela de “El Resplandor”.

A fecha de hoy, “El Resplandor” sigue siendo una de las novelas más importantes de toda la producción de Stephen King, una de las más queridas, recordadas y aterradoras. Durante aquellos años de su carrera fue un título fundamental a la hora de forjar el estilo y la popularidad del escritor. Si bien, es extensamente conocida la mala relación que hubo entre Stanley Kubrick y King (y que él mismo ha sido el primero en recordar en las notas del autor de la edición de “Doctor Sueño”, donde apunta que la secuela es una continuación de su novela y no de una adaptación cinematográfica que se tomó algunas libertades con respecto al texto original), no es menos cierto que la relevancia de la versión cinematográfica ha servido también como fuente de popularidad para la novela y reclamo para nuevos lectores. Atreverse con una segunda parte de esta historia tan decisiva en su carrera, 36 años después de su publicación era una apuesta fuerte por parte de un escritor que debía demostrar estar en las mismas condiciones (o mejores) de su periodo clásico.

El protagonista de la historia es Dan Torrance, hijo de John, superviviente del Hotel Overlook. Tras los incidentes de “El Resplandor”, éste ha tenido que aprender a vivir no sólo con su poder, sino también con el traumático recuerdo de los acontecimientos de su infancia. Los pecados del padre se vuelven también pecados del hijo, y para apagar su poder y el eco de los fantasmas del hotel, Dan se convierte en un alcohólico, dando tumbos por el estado de Nueva Inglaterra. Finalmente se asienta en una pequeña ciudad de New Hampshire, donde consigue un trabajo en una residencia de ancianos. Su poder y su capacidad para guiar a los ancianos en su paso a la otra vida, le deparan el apodo de Doctor Sueño. Allí entrará en contacto con una niña llamada Abra, poseedora de un poder más grande que el suyo, y descubrirá la existencia del Nudo Verdadero, un grupo milenario que recorre Estados Unidos en grandes autocaravanas en busca de niños con resplandor para matarlos y absorber su poder.   

Lo primero que nos cuestionamos con este libro es su naturaleza de segunda parte de “El Resplandor”. Es cierto que las novelas de Stephen King, por regla general, suceden todas en un mismo universo, incluso en un mismo espacio geográfico, algo a lo que el escritor ha sacado partido retomando personajes o estableciendo conexiones y guiños entre muchas de ellas; sin embargo, hasta ahora ninguno de sus libros se había presentado como una continuación directa de otro. Es cierto que en “Doctor Sueño” recuperamos a un personaje anterior (aunque en un momento diferente de su vida, por lo que el perfil del Danny del Overlook poco tiene que ver con el del Dan de la residencia Livington), también volvemos a encontrar el poder del resplandor (que en esencia no es otra cosa que una capacidad telepática), pero exceptuando el primer capítulo (“Caja de Seguridad”) del extenso prólogo de la novela titulado “Asuntos Preliminares” y, en menor medida, el clímax final, la historia que aquí nos presenta Stephen King perfectamente podría haber funcionado como novela independiente. ¿Era necesario por lo tanto acuñarla como secuela de una de sus más famosas obras? Evidentemente, como estrategia comercial ha ayudado mucho a promocionar el libro, pero en lo que a su lectura se refiere, no es algo que adquiera mayor relevancia.

Tres son los personajes principales de la novela. El fundamental, lógicamente, es Dan Torrance, con el que Stephen King aprovecha para insertar algunos componentes personales, alimentándose de su propia biografía. El pasado alcohólico del escritor sirve para nutrir psicológicamente a su personaje. Si bien las experiencias que King aporta a Dan están alejadas de las suyas, el autor utiliza esta excusa para expresar los conflictos internos que él experimentó en su momento, así como para describir con detalle toda la organización de Alcohólicos Anónimos. Dan Torrance se convierte así en un personaje contradictorio, y por ello, tremendamente humano. Cuando se publicó en 1977, no era difícil hacer una lectura de “El Resplandor” en términos de maltrato familiar, con el alcohol como combustible de esta violencia. Tal y como lo describe Stephen King, la caída en esos mismos errores por parte de Danny no sólo no resulta chocante, sino perfectamente coherente. Por encima incluso de su traumática infancia en el Hotel Overlook, nuestro protagonista se presenta psicológicamente marcado por sus propias acciones y su dependencia del alcohol. Al igual que otros personajes de King (recordemos a aquel John Smith de “La Zona Muerta”), lejos de regocijare en su poder, Dan Torrance busca integrarse en la sociedad, llevar una vida cotidiana, discreta y tranquila, y ve su poder más como una maldición que como un don. Con el tiempo, consigue aprender a convivir con él e incluso le encuentra una función existencial, pero sin perder su valor como carga emocional en el personaje.

Abra Stone es la coprotagonista de este libro. Poseedora del don del resplandor, al igual que Dan, la novela abarca sus primeros 15 años de vida. Desde su nacimiento, donde ya inquieta a sus padres con sus habilidades sobrenaturales, hasta su adolescencia, momento en que debe afrontar la amenaza del Nudo Verdadero. En algunos elementos King la describe como una joven adelantada a su edad. Más inteligente y madura que la media, sus poderes le han aportado una visión de la realidad precoz para una chica de su edad. Como Dan, ha tenido que aprender a esconder sus poderes a los demás, especialmente a sus padres, al mismo tiempo que el resplandor le ha abierto un conocimiento indiscreto del mundo oculto de los adultos. Esa madurez prematura contrasta con algunos rasgos propios de su edad, como cierto infantilismo, creatividad, un idealismo naïf y sus aficiones musicales y literarias. Su encuentro con el Nudo Verdadero obligará a la joven a madurar aún más rápido, y afrontar una realidad oculta incluso para muchos adultos, un mundo sórdido y oscuro que se alberga entre las sábanas de lo cotidiano. Existe en Abra también un lado tenebroso, un instinto violento y agresivo que, en su mundo infantil, aún permanece en estado latente, pero que en el clímax final empieza a despertar, sin franquear en ningún momento la fina línea entre el bien y el mal.

El tercer vértice de esta historia es la antagonista, Rose La Chistera, la líder del Nudo Verdadero. Como una bruja de cuento, presenta una doble faceta. Por un lado es una mujer hermosa, sensual, pero que oculta otra cara más grotesca, avejentada, con un único diente que sobresale a modo de talismán y un sombrero que se convierte en un componente icónico del personaje. Sin embargo, pese a esa descripción tan grotesca, King evita caer en el maniqueísmo. Se trata, sí, de un personaje claramente lóbrego y negativo, que vive a costa de aterrorizar y asesinar niños, pero que, pese a todo, el autor opta por describirlo de una manera cercana y empática. Pese a la crueldad de sus actos y los del Nudo Verdadero, el escritor se esmera en reflejar el sentido de familia, el amor y el dolor por la pérdida de los suyos. Se trata también de un personaje cargado de soberbia y esto se convierte en su principal talón de Aquiles. Acostumbrada a llevar el peso dominante de la acción, infravalorará el poder de Dan y Abra, algo que le pasará factura cuando finalmente se enfrenten. El Nudo verdadero es un grupo poderoso, que ha aprovechado su larga existencia para establecer fuertes lazos económicos y políticos, pero al mismo tiempo saben que su principal herramienta de supervivencia es la discreción, integrarse dentro de la población con un perfil bajo, para poder agazaparse en las sombras de la cotidianidad. 

Como novela de Stephen King, podemos catalogar el libro como novela de fantasía y de terror, aunque si bien, el tono general tiene más de aventura e intriga, con componentes sobrenaturales, que de terror en sí. En nuestra opinión, los momentos más aterradores de la novela están concentrados en el prólogo, precisamente en ese capítulo que sirve de transición con “El Resplandor”. Por otro lado, si bien a lo largo del libro el componente sobrenatural tiene una gran presencia, y marca la pauta la trama principal, es en los componentes realistas y cotidianos donde la obra gana más peso. El gran trauma que marca psicológicamente al protagonista no tiene nada que ver con su resplandor, ni con el Nudo Verdadero, sino con una experiencia relacionada con su alcoholismo. Si bien King se las arregla para definir a los villanos de la historia como un grupo con diferentes habilidades suprahumanas, es su descripción como personas cotidianas y cercanas, que viajan en caravanas, con apariencias simples y aburridas, de los que nadie desconfía y que, sin embargo, acometen acciones inenarrables (en este caso el secuestro y asesinato de niños) lo que da una dimensión aún más dramática y escalofriante al conjunto, precisamente por su cercanía con nuestra realidad.  

La novela abarca un amplio marco temporal, desde (aproximadamente) 1977 hasta 2012; es decir, desde el fin de “El Resplandor” hasta la actualidad. A lo largo de la novela, King va marcando el paso del tiempo de diferentes maneras, pero la principal es haciendo guiños a eventos históricos importantes en Estados Unidos, como el 11-S. Por lo general no hace ninguna referencia cronológica, ni hace referencia explícita a estos eventos, sino que opta por una descripción vaga que espera que el lector sea capaz de decodificar. Así, por ejemplo, para marcar el momento temporal en que arranca la historia nos habla de “un año en el que un cultivador de cacahuetes de Georgia hacía negocios en la Casablanca”, en referencia a Jimmy Carter, presidente de los Estados Unidos de 1977 a 1981. Circunloquios como éste son los que seguirá utilizando a lo largo de la novela para evitar mencionar explícitamente a ningún otro Jefe de Estado. También es cierto que el mayor viaje temporal lo realiza a lo largo de la primera mitad de la novela, hasta por fin situar temporalmente a los personajes en el punto que a él le interesa. A partir de ahí la cronología se dilata y se detiene de manera más concreta en la acción.    

La estructura de la novela está muy bien definida y delimitada para ayudar al lector con la lectura. La novela está dividida en cuatro partes (Abra, Demonios Vacíos, Cuestiones de Vida o Muerte y El Techo del Mundo), un prólogo (Asuntos Preliminares) y un epílogo (Hasta que te Duermas), que a su vez se componen de un total de 25 capítulos (tres en el prólogo, veinte distribuidos entre los cuatro bloques y dos en el epílogo). Estos capítulos están secuenciados, a modo de escenas, lo que en un libro tan voluminoso (601 páginas) resulta útil para el lector que puede organizar la lectura sin necesidad de dejar la narración a medias. Por otro lado, King busca con este formato estimular también al lector, de manera que va engarzando saltos narrativos y cliffhangers de manera continua. Es cierto que el escritor nos facilita encontrar un punto donde dejar la lectura, pero al mismo tiempo argumentalmente se las apaña para mantenernos enganchados a los personajes y las tramas y nos cueste dejar la historia. Si Stephen King ha sabido mantenerse como uno de los más importantes autores de bestsellers de la literatura moderna, con más de 50 obras publicadas en poco más de 40 años, es en parte por su habilidad para mantener a sus lectores atrapados por la narración. Esto no quita para que no consideremos excesiva la extensión de la novela. King es un escritor de prosa fácil y elocuente, pero que peca de falta de síntesis. A lo largo del libro encontramos muchísimas digresiones, las cuales ayudan a definir personajes o situaciones, pero muchas de ellas acaban resultando redundantes o innecesarias.

“Doctor Sueño”, como la mayoría de su producción literaria, se apoya en un lenguaje directo, sencillo y coloquial. Podemos decir que el valor literario de su prosa puede estar en su capacidad para crear una cierta poética de lo cotidiano y lo coloquial. Su narrativa está repleta de frases hechas, refranes tradicionales y vocablos vulgares, con una sintaxis que defiende la simplicidad, sin frases enrevesadas, ni estructuras demasiado complejas, que obliguen al lector a releer la frase o el párrafo. Todo es fluido y accesible, de manera que el ritmo de lectura sea ágil y continuo. Quien quiera prosa elevada e intelectual, se ha equivocado de autor, King prefiere dirigirse a una audiencia más modesta y global.

Esto mismo lo podemos apreciar en lo guiños culturales y populares que acompañan la historia. Por un lado, King emplea referencias musicales, literarias o cinematográficas para definir a sus personajes (tenemos más información sobre Dan o Abra de acuerdo al tipo de música que escuchan o los libros que leen); sin embargo, esto ha pasado a cumplir también un rol crítico de la cultura popular moderna dentro de su obra. Si King habla favorablemente de un libro o una banda en sus libros, éstos se ven impulsados por esta recomendación y logran llegar a una audiencia más amplia. Así, por ejemplo, que Abra se confiese admiradora de “Crepúsculo” o “Juego de Tronos” y se identifique con Khaleesi es un dato que acompaña el carácter adolescente del personaje, ayuda a situar cronológicamente la trama, pero también, fuera del ámbito de la novela, implica también el interés del autor de Maine por la obra de George R. R. Martin o su desdén por la obra de Stephenie Meyers.   

En general, podemos saldar esta nueva visita a la Nueva Inglaterra de Stephen King como una experiencia positiva, pero también tengo que confesar que más por su valor nostálgico que literario. Adentrarse en esas páginas ha sido como entrar en una cápsula de cristal donde las cosas han permanecido inmutables, como visitar la antigua casa familiar, repleta de buenos recuerdos, ecos de un pasado feliz, pero no por ello impermeable a algunos vicios ya superados. Es cierto que la naturaleza de la novela potenciaba precisamente el subrayado de los recursos recurrentes de su autor, pero también, como hemos visto, no podemos decir tampoco que nos encontremos en una secuela auténtica, sino que su argumento puede desprenderse de los ecos de la obra fundacional. “Doctor Sueño” es una lectura entretenida y disfrutable, pero carece de la trascendencia de su referente. Si “El Resplandor” se mantiene como una novela fundacional y decisiva en la carrera de Stephen King, su secuela no pasa de ser un título más en su currículum. Espero volver a tocar a esta puerta y espero no tardar para ello otros 23 años, también espero que esas futuras lecturas puedan ir más allá del disfrute nostálgico.  

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