viernes, 9 de octubre de 2015

“EL SAMURÁI DESNUDO” de Manuel Pérez Cedrés.

(Éride Ediciones, 1ª edición, 298 págs., 2013)

En 2013, “El Samurái Desnudo” supuso la presentación en el mercado editorial del escritor tinerfeño Manuel Pérez Cedrés. Amante de la literatura, la música, el cine o la fotografía, este debut llegaba después de un largo proceso de gestación. La historia de Roy Kolbe no es un relato sencillo, y se aprecia en el libro una extensa labor de reflexión, no sólo en cuanto al desarrollo de la trama o la definición de sus personajes, sino sobre el proceso de escritura en sí, la necesidad de experimentar y de hacer al lector partícipe de la narración. Con su primera novela, Manuel Pérez Cedrés nos regala una obra que deja en el aire más preguntas de las que resuelve, desafiando al espectador a entrar en un juego narrativo repleto de provocaciones desde la primera página. Nosotros intentaremos adentrarnos en este viaje a los infiernos y allanar algunos de sus atolladeros, aunque en obras como ésta, cualquier interpretación depende más de la imaginación del que lee.    

La primera duda con la que Pérez Cedrés nos deja en vilo se refiere precisamente a su título. ¿Quién es el Samurái Desnudo? El samurái ha sido identificado tradicionalmente con la figura de un guerrero que se rige por un estricto código de honor. Desde el principio de la novela encontramos una esquiva referencia al padre de uno de los personajes, sin embargo, todo apunta a su personaje principal, Roy Kolbe, un airado adolescente, cuya furia interior le lleva por un camino repleto de violencia, desesperación, sexo, autodestrucción y engaños. Roy tiene un código personal al que es fiel, aunque está lejos de ser lo que llamaríamos un personaje honorable. Después tenemos esa referencia a la desnudez y es que la novela está repleta de sexualidad, de carnalidad. El sexo es un componente importante y muy presente en la prosa, pero va más allá. Se trata de un relato descarnado, sin concesiones, pensado para generar rechazo en el lector que se pueda sentir ofendido por su lenguaje vulgar, su ruda procacidad. Finalmente, esa misma desnudez puede hacer referencia a la exhibición del yo interno del protagonista. Narrada en primera persona, la voz de Roy marca la perspectiva del espectador durante la mayor parte del relato. Vemos la realidad a través de sus ojos, pero también tenemos asientos en primera fila para conocer su lucha interior, lo que muestra a los demás y lo que bulle en su alma.

A lo largo de sus casi 300 páginas, la historia va dando saltos en su evolución. Pérez Cedrés hace que el trayecto vital de su protagonista pase por diferentes fases, algunas presentadas de manera abrupta, negando al lector la posibilidad de acomodarse en el espacio de confort de lo previsible. Si bien encontramos una trama principal, que es ese viaje a los infiernos de Roy Kolbe, lo cierto es que la novela se nutre también de múltiples subtramas de mayor o menor relevancia. La existencia del protagonista avanza (aparentemente) sin un plan preestablecido, sin embargo, los hecho fortuitos que le acompañan o con los que se cruza, poco a poco, van adquiriendo un cierto aire de predestinación, aunque no está claro si de providencia o de fatalidad. Algunos de estos afluentes que se cruzan en su camino tienen un cierre coherente, otros quedan abiertos a la imaginación del lector; sin embargo, en general, todos ellos cumplen una función clara, que es ayudar a crear el ambiente oscuro y decadente de la obra.

En ese propósito de mantener al lector alerta, Manuel Pérez Cedrés le otorga a la novela una naturaleza volátil, mutante, donde se combinan las características de diferentes estilos narrativos. A priori da la impresión de que nos encontramos ante un relato adolescente que recuerda a las experiencias del Holden Caulfield de “El Guardián entre el Centeno” o el Alex de “La Naranja Mecánica”. Roy y su amigo Larry son dos adolescentes en rebeldía con su entorno social. Todo a su alrededor les parece falso, hipócrita. Se sienten intelectualmente superiores a sus semejantes y lo único que les motiva son sus encuentros con mujeres a las que tratan como objetos sexuales. En este sentido, el Santo Grial de nuestro protagonista es Arlenne, una joven promiscua en la que Roy ha identificado su (inalcanzable) ideal amoroso, a sabiendas incluso de que ella no es merecedora de ese pedestal. Al mismo tiempo encontramos una trama familiar marcada por la disfuncionalidad del abandono del padre y la permisibilidad de la madre, con la que Roy se comporta como un pequeño tirano. Es en ese vacío emocional donde encontramos el origen de los conflictos del protagonista, cuya primera relación con el sexo está marcada por su relación con el padre, de la misma manera que su desprecio hacia las mujeres con las que se cruzan parten de su vilipendio a su madre.

El deambular de Roy por ambientes turbios suma también a la obra componentes de novela negra, con bares de mala muerte, repleto de despojos humanos, donde circula el alcohol y las drogas para acallar la vacuidad de sus vidas. En busca de su propia identidad y huyendo de su entorno familiar y social, Roy pone su alma en venta, cruzándose con estos fracasados, en el que podemos ver vaticinado su futuro si continúa por ese camino, y otros que van a jugar un papel decisivo en la trama, como Jack Belane, quien ejerce de mentor en su iniciación en un mundo oscuro, perverso y tentador. En lo que se refiere a esta descripción de la podredumbre humana que habita estos espacios y de la descripción de esta sociedad escabrosa y amoral, Pérez Cedrés asume una narrativa heredada de la prosa arrebatada de Charles Bukowski, del William Burroughs más psicotrópico o del realismo sucio de Raymond Carver, aunque en ella tampoco es difícil encontrar ecos de referencias cinematográficas como el Martin Scorsese de “Malas Calles”, el David Lynch de “Terciopelo Azul” o el Roman Polanski de “Lunas de Hiel”.

Existe también otro “Samurái Desnudo”, menos tangible y naturalista, donde la prosa de Pérez Cedrés se adentra por terrenos más propios de la metafísica. Es en esos momentos cuando la obra nos lleva a preguntarnos si todo lo que se nos está relatando es auténtico o si todo sucede dentro de la mente del protagonista; cuánto de realidad hay en el relato y cuánto es un reflejo en un espejo deformado, o es más, el producto de la imaginación enfermiza de nuestro héroe. Las situaciones que nos describe Roy son cada vez más extremas y muchos personajes adquieren rasgos caricaturescos y hasta grotescos. La narración va adquiriendo un tono onírico, irreal, que nos hace plantearnos su veracidad. Es en esos momentos cuando Roy Kolbe (y por extensión el lector) empieza por fin a cuestionarse aspectos menos mundanos de su existencia y a vislumbrar un cierto componente esotérico en los pasos que ha dado su vida.

“El Samurái Desnudo” no supone únicamente un guiño genérico, Manuel Pérez Cedrés disfruta jugando con todas las estructuras de la novela. Para empezar rompe cualquier linealidad temporal. Hay un continuo ejercicio de reiteraciones, flashbacks y flashforwards que obliga al lector a resituar de manera continua la acción dentro del marco temporal de la trama. No se trata de un trabajo sencillo, ya que el autor busca también confundir a su público combinando acciones diferentes e incrementando la dificultad del puzle. A esto hay que sumar recursos visuales, como el uso de los párrafos, el espacio en blanco en la hoja para marcar silencios o pausas, incluso la ruptura de las reglas ortográficas y gramaticales del discurso. Otro juego que nos propone es la multiplicidad de narradores. A parte de la narración en primera persona de Roy, Pérez Cedrés emplea otras voces narrativas secundarias. La más relevante es la de Jack Belane, cuya historia pasa a ocupar una posición importante en el proceso de aprendizaje de Roy. Larry toma también cierto protagonismo en la historia, aunque en este caso el cambio de narrador entra más dentro de uno de esos juegos que propone el autor dentro de la novela y su relevancia dentro de la construcción de la novela resulta más bien anecdótica. Finalmente, contamos también con el empleo puntual del narrador omnisciente, de breve pero decisiva incorporación.

Junto a la pluralidad de narradores encontramos también la multiplicidad de formatos. Por lo general, nos encontramos con un formato narrativo, basado en frases cortas y ritmo rápido, evitando una retórica engalanada para optar más por un lenguaje vulgar y coloquial (aunque sin perder cierto hálito poético); sin embargo, el autor, una vez considera que tiene atrapado al lector, empieza a sumar otros estilos retóricos, presentándosenos la historia en forma de diario, de emails, de guion cinematográfico, de entrevistas o incluso como un mero esquema de acciones. La cuestión es, una vez más, dejar rienda suelta a la experimentación y romper continuamente los esquemas del receptor, de manera que éste no se confíe y se vea obligado en todo momento a prestar atención y no perder el hilo de la novela. Por último, podemos identificar otro nivel de lectura dentro de la obra. Las páginas de la novela están repletas de guiños y referencias culturales al mundo de la literatura, el cine o la música. No se trata únicamente de jugar con los patrones de los géneros, sino que el propio autor esconde pistas y apostillas que ayudan a enriquecer la lectura a quien sepa decodificar esos huevos de pascua depositados entre las páginas de la novela.

Con estos elementos, “El Samurái Desnudo” se aleja del concepto de lectura ligera, de entretenimiento cómodo. La novela demanda del lector una gran implicación y le reclama un papel activo en la narración. En este sentido, aplaudimos la valentía de Manuel Pérez Cedrés a la hora de afrontar un reto literario de este calibre como ópera prima. Si es cierto que, quizás por ese afán primerizo, encontramos también que la novela peca de un exceso de ambición. Llega un momento que su prosa siempre al límite puede llegar a saturar, de la misma manera que su afán experimental sobrepasa las necesidades narrativas de la historia, entrando en cierto poso gratuito en el empleo de algunos de sus recursos retóricos. De la misma manera también se podía haber economizado en la introducción de subtramas, que pueden llegar a recargar demasiado el conjunto. Si bien reconocemos la valentía del autor al dejar en manos del lector la conclusión de ciertas líneas argumentales, no podemos negar que hay algunas de ellas que nos hubiese gustado que quedaran cerradas en la novela. Dicho de otra manera, da la impresión de que el autor ha querido condensar en una sola obra el mayor número de juegos estilísticos, por si no se producía una segunda oportunidad. En cualquier caso, consideramos que puestos a pecar de algo, siempre es preferible caer en el exceso que en el recato y si hay algo que no define a “El Samurái Desnudo” es el recato. Ya llegarán obras posteriores (como así ha sido y que ya analizaremos en este blog) para poder limar asperezas y corregir defectos. Por de pronto, a nuestro entender, la ópera prima de Manuel Pérez Cedrés es ante todo una espléndida carta de presentación que vaticina una desafiante carrera literaria.  

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