viernes, 16 de octubre de 2015

“EL MARCIANO” de Andy Weir.

(Ediciones B, Colección Nova, 416 pags., 1ª edición, 2014. Traducción: Javier Guerrero)
El origen de “El Marciano” es un ejemplo de los cambios que se están produciendo en el mercado editorial y por dónde pueden estar los caminos para la literatura, al menos desde la perspectiva comercial. Se trata de la primera novela de Andy Weir, un escritor californiano, fan confeso de Arthur C. Clarke e Issac Assimov y programador informático, quien empezó a autopublicar la historia de manera episódica a través de su página web, de la misma manera que había hecho previamente con sus relatos cortos, también de ciencia ficción. El éxito y la repercusión que obtuvo este trabajo y la demanda por parte de algunos lectores de que lo editara de manera oficial llamó la atención de Amazon, que publicó la versión digital de la novela para su lector Kindle. Poco después llegó la versión en papel, a través de Crown Publishing Group y a fecha de hoy “El Marciano” está considerada como un clásico moderno del género. El estreno de su versión cinematográfica, a cargo de Ridley Scott, no hace más que presagiar que el éxito de la novela Weir aún no ha tocado techo, mientras éste prepara ya su siguiente libro.    

La novela narra las experiencias del astronauta, ingeniero y botánico Mark Watney, quien, en un viaje tripulado a Marte, es dado por muerto y abandonado en el planeta por sus compañeros de tripulación. A partir de ahí, nos encontramos con una auténtica historia de supervivencia, donde el entorno hostil pondrá a prueba el intelecto del científico para lograr sobrevivir, al mismo tiempo que plantea una carrera a contrarreloj para poder rescatar a nuestro protagonista. Solo, en un planeta desierto, Watney se convierte así en el único habitante de Marte, de ahí el título de la novela. “El Marciano” puede definirse como una obra de ciencia ficción de planteamientos plausibles. Ambientada en tiempo presente, sin recursos fantásticos, sino ateniéndose a hechos científicos (al menos hasta el reciente anuncio de la NASA del descubrimiento de agua en Marte) y apoyada en una extensa documentación, no busca llevarnos a un universo imaginario, sino plantear un escenario lo más verosímil posible.

La novela está estructurada principalmente a modo de diario, estableciendo de manera cronológica la evolución de Watney en Marte. Partiendo del género epistolar, Weir moderniza sus ingredientes, adaptándolo a la nueva tecnología. Este recurso convierte por lo tanto a nuestro héroe en la voz narrativa principal del relato. Él marca el tono y la perspectiva de la mayor parte de la historia, algo que como veremos es fundamental dentro de la novela. Ese relato en primera persona del protagonista no sólo sirve de válvula de escape psicológico para nuestro héroe, sino que también a nivel narrativo sirve para dar inmediatez a la acción, ayudando a mantener el suspense de la obra. Por otro lado, Weir ha estructurado la novela en capítulos, que a su vez están divididos por diferentes subpartes, lo que facilita el ritmo de lectura y aporta agilidad a la narración. Estos recursos adquieren aún más peso si tenemos en cuenta cómo fue concebida la novela originariamente, publicada de manera episódica, con el uso de intrigantes cliffhangers para mantener al lector enganchado a la lectura y descubrir cómo sobrevive el protagonista a cada nuevo giro de trama. Y es que si nos quedamos con lo básico, por debajo de todo ese andamiaje científico, de todo su discurso repleto de tecnicismos, lo que nos queda es una obra de estructura clásica, que se atiene a unos patrones narrativos milenarios. Esta base tradicional propia del género de aventuras es lo que permite que el lector ordinario pueda superar la barrera de los componentes especializados y se enganche a la historia.

Otro elemento fundamental en este sentido es el lenguaje empleado por Weir. La obra cuenta con una importante vocación didáctica. Para desarrollar la novela y dar a la historia un amplio grado de verosimilitud, el autor necesitaba hacer uso de un extensísimo abanico de términos técnicos y científicos, sin que ello descabalgue de la lectura a todo ese público profano en este tipo de cuestiones (es decir la gran mayoría de lectores potenciales). Por ello, en primer lugar, Weir emplea un estilo lo más llano y accesible posible. Hasta el más mínimo detalle técnico está debidamente explicado de manera que un lector medio pueda entenderlo. Por otro lado, el autor evita el uso de florituras retóricas, de descripciones enrevesadas o complejas. Se trata de un lenguaje directo, sencillo, con estructuras sintácticas intelegibles. Esto a su vez ayuda a dar un ritmo rápido a la lectura y a la acción de la novela. No es que defendamos aquí la simplicidad formal, pero en el caso concreto de esta obra, un estilo narrativo barroco hubiese sido contraproducente para la obra. En este y otros sentidos, es necesario alabar la labor de traducción al español de Javier Guerrero, quien ha sabido afrontar un texto arduo en cuanto a su jerga técnica y ha sabido mantener las sencillez didácticas de las explicaciones de Weir, así como el tono más informal con el que el autor suaviza la densidad de algunos tramos de la novela.

La novela evidencia un elaborado trabajo de documentación por parte de su autor. Los elementos que participan en la acción están debidamente estudiados y se antepone la plausibilidad de la acción por encima de todo. Como decíamos antes, “El Marciano” es género de aventuras puro y duro, manteniendo la emoción y el suspense involucrando al protagonista en situaciones cada vez más complejas y amenazadoras, sin embargo, el dinamismo de la narración no se basa en las proezas físicas del personaje principal (aunque algunas de estas no faltan). Mark Watney no es un héroe de acción al uso, sino un científico que utiliza la ciencia para resolver los conflictos que le van surgiendo (el mismo se define más como Q que como James Bond). La forma en que va superando los obstáculos utilizando únicamente su intelecto para ello da una emoción especial a la novela y resulta un estímulo para el lector que ve cómo las situaciones más insalvables van solventándose de manera verosímil y original. Esto, sumado con ese valor didáctico a la hora de acercar al lector a los tecnicismos que comentábamos antes, son dos apoyos fundamentales para mantener al público atento a toda la parafernalia científica que exhibe el texto.

El otro factor fundamental es el uso del humor. La novela está plagada de situaciones cómicas, comentarios ingeniosos, y referencias humorísticas al mundo de la cultura popular (especialmente al mundo del cine, la televisión o la música). Como componente psicológico, ese sentido del humor irónico y provocador que exhibe el protagonista sirve también de apoyo para superar la experiencia traumática a la que se enfrenta. A través de los diarios cubre la necesidad de comunicarse, mientras que el humor le permite tomar cierta distancia de su situación y reforzarse psicológicamente. A nivel formal, es una herramienta fundamental por parte de Weir para aligerar la carga científica de su prosa. El humor sirve de enlace emocional entre protagonista y lector, ayudando a que éste empatice con el héroe, al igual que con el resto de los personajes. Los convierte en personas cercanas y reconocibles, y no sólo en “cerebritos” intelectualmente evolucionados y desprovistos de humanidad.     

Complementando esa narración en primera persona, encontramos también el uso por parte de Weir del narrador omnisciente en tercera persona. Éste se aplica para acercar al lector las partes del relato que tienen lugar en la NASA y en la Hermes, la nave que llevó a Watney a Marte y donde sus compañeros de viaje van a jugar un papel decisivo. Aquí Weir mantiene las características estructurales de la narración en primera persona (frases sencillas y cortas, ritmo rápido, lenguaje didáctico), pero no de tono. Mientras que los diarios de Watney están contagiados de la personalidad del protagonista, un elemento fundamental para entablar la empatía con el lector, esta otra voz narrativa se presenta de manera neutra, delegando fundamentalmente los componentes emocionales en los diálogos de los personajes. Establecidas tres líneas narrativas paralelas, Weir las aprovecha en diferentes sentidos. Por ejemplo, utiliza los diarios de Watney para hacernos una presentación individualizada de cada miembro de la tripulación del Hermes, de modo que cuando estos toman protagonismo en la acción, el público ya tiene una imagen emocional de ellos. Por otro lado, el lector se vuelve un observador privilegiado, al obtener información de las tres parcelas narrativas, algo que el autor emplea para generar suspense. Hay acontecimientos que Watney no prevé, pero a los que nosotros ya nos hemos anticipado gracias al narrador omnisciente.  
Con todo lo dicho hasta ahora no es difícil reconocer a Mark Watney como un espléndido personaje, cuya fuerte personalidad es el elemento pivotal sobre el que se apoya toda la narración. Se trata de unos de esos protagonistas que dejan huella en el lector y por el que sentimos especial aprecio y empatía, de ahí que la novela sea tan intensa y emocionante. Encontramos también una definición bien trazada de los personajes secundarios. En la NASA, referentes como Teddy Sanders, Venkat Kapoor, Mitch Henderson, Annie Montrose o Mindy Park aportan un interesante abanico de lecturas de la situación de Watney dependiendo de su rol. Lo mismo sucede con los tripulantes de la Hermes. Empezando por la Comandante Lewis, con su estricto sentido del deber y su sentimiento de culpabilidad por abandonar a Watney en Marte, pasando por Martinez, Johanssen, Vogel o Beck, todos los integrantes de la nave están perfectamente definidos y cumplen una función determinada por su preparación científica, determinando ésta también de qué manera reaccionan ante las situaciones a las que se enfrentan. En este sentido, Weir añade a su conjunto de méritos un cuidado trabajo de desarrollo de personajes. Es cierto que ninguno de estos secundarios se acerca al nivel de precisión con el que Weir construye a su héroe, pero sí lo suficiente y necesario como para que el lector comprenda y acepte las reacciones de cada uno y su función en la trama.  

“El Marciano” es, ante todo, una novela lúdica y entretenida, vibrante y llena de emoción y humor. Su lectura se vuelve adictiva, manteniendo al lector en vilo con una continua vuelta de tuerca de la trama. En este sentido el ritmo es constante, sin apenas puntos muertos y donde los momentos más calmados de la narración quedan resueltos de manera emocional o humorística para no perder el interés de su público. Andy Weir afronta un importante reto a la hora de sacar adelante su siguiente trabajo literario, ya que con esta primera novela ha dejado el listón bastante alto.  

viernes, 9 de octubre de 2015

“EL SAMURÁI DESNUDO” de Manuel Pérez Cedrés.

(Éride Ediciones, 1ª edición, 298 págs., 2013)

En 2013, “El Samurái Desnudo” supuso la presentación en el mercado editorial del escritor tinerfeño Manuel Pérez Cedrés. Amante de la literatura, la música, el cine o la fotografía, este debut llegaba después de un largo proceso de gestación. La historia de Roy Kolbe no es un relato sencillo, y se aprecia en el libro una extensa labor de reflexión, no sólo en cuanto al desarrollo de la trama o la definición de sus personajes, sino sobre el proceso de escritura en sí, la necesidad de experimentar y de hacer al lector partícipe de la narración. Con su primera novela, Manuel Pérez Cedrés nos regala una obra que deja en el aire más preguntas de las que resuelve, desafiando al espectador a entrar en un juego narrativo repleto de provocaciones desde la primera página. Nosotros intentaremos adentrarnos en este viaje a los infiernos y allanar algunos de sus atolladeros, aunque en obras como ésta, cualquier interpretación depende más de la imaginación del que lee.    

La primera duda con la que Pérez Cedrés nos deja en vilo se refiere precisamente a su título. ¿Quién es el Samurái Desnudo? El samurái ha sido identificado tradicionalmente con la figura de un guerrero que se rige por un estricto código de honor. Desde el principio de la novela encontramos una esquiva referencia al padre de uno de los personajes, sin embargo, todo apunta a su personaje principal, Roy Kolbe, un airado adolescente, cuya furia interior le lleva por un camino repleto de violencia, desesperación, sexo, autodestrucción y engaños. Roy tiene un código personal al que es fiel, aunque está lejos de ser lo que llamaríamos un personaje honorable. Después tenemos esa referencia a la desnudez y es que la novela está repleta de sexualidad, de carnalidad. El sexo es un componente importante y muy presente en la prosa, pero va más allá. Se trata de un relato descarnado, sin concesiones, pensado para generar rechazo en el lector que se pueda sentir ofendido por su lenguaje vulgar, su ruda procacidad. Finalmente, esa misma desnudez puede hacer referencia a la exhibición del yo interno del protagonista. Narrada en primera persona, la voz de Roy marca la perspectiva del espectador durante la mayor parte del relato. Vemos la realidad a través de sus ojos, pero también tenemos asientos en primera fila para conocer su lucha interior, lo que muestra a los demás y lo que bulle en su alma.

A lo largo de sus casi 300 páginas, la historia va dando saltos en su evolución. Pérez Cedrés hace que el trayecto vital de su protagonista pase por diferentes fases, algunas presentadas de manera abrupta, negando al lector la posibilidad de acomodarse en el espacio de confort de lo previsible. Si bien encontramos una trama principal, que es ese viaje a los infiernos de Roy Kolbe, lo cierto es que la novela se nutre también de múltiples subtramas de mayor o menor relevancia. La existencia del protagonista avanza (aparentemente) sin un plan preestablecido, sin embargo, los hecho fortuitos que le acompañan o con los que se cruza, poco a poco, van adquiriendo un cierto aire de predestinación, aunque no está claro si de providencia o de fatalidad. Algunos de estos afluentes que se cruzan en su camino tienen un cierre coherente, otros quedan abiertos a la imaginación del lector; sin embargo, en general, todos ellos cumplen una función clara, que es ayudar a crear el ambiente oscuro y decadente de la obra.

En ese propósito de mantener al lector alerta, Manuel Pérez Cedrés le otorga a la novela una naturaleza volátil, mutante, donde se combinan las características de diferentes estilos narrativos. A priori da la impresión de que nos encontramos ante un relato adolescente que recuerda a las experiencias del Holden Caulfield de “El Guardián entre el Centeno” o el Alex de “La Naranja Mecánica”. Roy y su amigo Larry son dos adolescentes en rebeldía con su entorno social. Todo a su alrededor les parece falso, hipócrita. Se sienten intelectualmente superiores a sus semejantes y lo único que les motiva son sus encuentros con mujeres a las que tratan como objetos sexuales. En este sentido, el Santo Grial de nuestro protagonista es Arlenne, una joven promiscua en la que Roy ha identificado su (inalcanzable) ideal amoroso, a sabiendas incluso de que ella no es merecedora de ese pedestal. Al mismo tiempo encontramos una trama familiar marcada por la disfuncionalidad del abandono del padre y la permisibilidad de la madre, con la que Roy se comporta como un pequeño tirano. Es en ese vacío emocional donde encontramos el origen de los conflictos del protagonista, cuya primera relación con el sexo está marcada por su relación con el padre, de la misma manera que su desprecio hacia las mujeres con las que se cruzan parten de su vilipendio a su madre.

El deambular de Roy por ambientes turbios suma también a la obra componentes de novela negra, con bares de mala muerte, repleto de despojos humanos, donde circula el alcohol y las drogas para acallar la vacuidad de sus vidas. En busca de su propia identidad y huyendo de su entorno familiar y social, Roy pone su alma en venta, cruzándose con estos fracasados, en el que podemos ver vaticinado su futuro si continúa por ese camino, y otros que van a jugar un papel decisivo en la trama, como Jack Belane, quien ejerce de mentor en su iniciación en un mundo oscuro, perverso y tentador. En lo que se refiere a esta descripción de la podredumbre humana que habita estos espacios y de la descripción de esta sociedad escabrosa y amoral, Pérez Cedrés asume una narrativa heredada de la prosa arrebatada de Charles Bukowski, del William Burroughs más psicotrópico o del realismo sucio de Raymond Carver, aunque en ella tampoco es difícil encontrar ecos de referencias cinematográficas como el Martin Scorsese de “Malas Calles”, el David Lynch de “Terciopelo Azul” o el Roman Polanski de “Lunas de Hiel”.

Existe también otro “Samurái Desnudo”, menos tangible y naturalista, donde la prosa de Pérez Cedrés se adentra por terrenos más propios de la metafísica. Es en esos momentos cuando la obra nos lleva a preguntarnos si todo lo que se nos está relatando es auténtico o si todo sucede dentro de la mente del protagonista; cuánto de realidad hay en el relato y cuánto es un reflejo en un espejo deformado, o es más, el producto de la imaginación enfermiza de nuestro héroe. Las situaciones que nos describe Roy son cada vez más extremas y muchos personajes adquieren rasgos caricaturescos y hasta grotescos. La narración va adquiriendo un tono onírico, irreal, que nos hace plantearnos su veracidad. Es en esos momentos cuando Roy Kolbe (y por extensión el lector) empieza por fin a cuestionarse aspectos menos mundanos de su existencia y a vislumbrar un cierto componente esotérico en los pasos que ha dado su vida.

“El Samurái Desnudo” no supone únicamente un guiño genérico, Manuel Pérez Cedrés disfruta jugando con todas las estructuras de la novela. Para empezar rompe cualquier linealidad temporal. Hay un continuo ejercicio de reiteraciones, flashbacks y flashforwards que obliga al lector a resituar de manera continua la acción dentro del marco temporal de la trama. No se trata de un trabajo sencillo, ya que el autor busca también confundir a su público combinando acciones diferentes e incrementando la dificultad del puzle. A esto hay que sumar recursos visuales, como el uso de los párrafos, el espacio en blanco en la hoja para marcar silencios o pausas, incluso la ruptura de las reglas ortográficas y gramaticales del discurso. Otro juego que nos propone es la multiplicidad de narradores. A parte de la narración en primera persona de Roy, Pérez Cedrés emplea otras voces narrativas secundarias. La más relevante es la de Jack Belane, cuya historia pasa a ocupar una posición importante en el proceso de aprendizaje de Roy. Larry toma también cierto protagonismo en la historia, aunque en este caso el cambio de narrador entra más dentro de uno de esos juegos que propone el autor dentro de la novela y su relevancia dentro de la construcción de la novela resulta más bien anecdótica. Finalmente, contamos también con el empleo puntual del narrador omnisciente, de breve pero decisiva incorporación.

Junto a la pluralidad de narradores encontramos también la multiplicidad de formatos. Por lo general, nos encontramos con un formato narrativo, basado en frases cortas y ritmo rápido, evitando una retórica engalanada para optar más por un lenguaje vulgar y coloquial (aunque sin perder cierto hálito poético); sin embargo, el autor, una vez considera que tiene atrapado al lector, empieza a sumar otros estilos retóricos, presentándosenos la historia en forma de diario, de emails, de guion cinematográfico, de entrevistas o incluso como un mero esquema de acciones. La cuestión es, una vez más, dejar rienda suelta a la experimentación y romper continuamente los esquemas del receptor, de manera que éste no se confíe y se vea obligado en todo momento a prestar atención y no perder el hilo de la novela. Por último, podemos identificar otro nivel de lectura dentro de la obra. Las páginas de la novela están repletas de guiños y referencias culturales al mundo de la literatura, el cine o la música. No se trata únicamente de jugar con los patrones de los géneros, sino que el propio autor esconde pistas y apostillas que ayudan a enriquecer la lectura a quien sepa decodificar esos huevos de pascua depositados entre las páginas de la novela.

Con estos elementos, “El Samurái Desnudo” se aleja del concepto de lectura ligera, de entretenimiento cómodo. La novela demanda del lector una gran implicación y le reclama un papel activo en la narración. En este sentido, aplaudimos la valentía de Manuel Pérez Cedrés a la hora de afrontar un reto literario de este calibre como ópera prima. Si es cierto que, quizás por ese afán primerizo, encontramos también que la novela peca de un exceso de ambición. Llega un momento que su prosa siempre al límite puede llegar a saturar, de la misma manera que su afán experimental sobrepasa las necesidades narrativas de la historia, entrando en cierto poso gratuito en el empleo de algunos de sus recursos retóricos. De la misma manera también se podía haber economizado en la introducción de subtramas, que pueden llegar a recargar demasiado el conjunto. Si bien reconocemos la valentía del autor al dejar en manos del lector la conclusión de ciertas líneas argumentales, no podemos negar que hay algunas de ellas que nos hubiese gustado que quedaran cerradas en la novela. Dicho de otra manera, da la impresión de que el autor ha querido condensar en una sola obra el mayor número de juegos estilísticos, por si no se producía una segunda oportunidad. En cualquier caso, consideramos que puestos a pecar de algo, siempre es preferible caer en el exceso que en el recato y si hay algo que no define a “El Samurái Desnudo” es el recato. Ya llegarán obras posteriores (como así ha sido y que ya analizaremos en este blog) para poder limar asperezas y corregir defectos. Por de pronto, a nuestro entender, la ópera prima de Manuel Pérez Cedrés es ante todo una espléndida carta de presentación que vaticina una desafiante carrera literaria.  

jueves, 8 de octubre de 2015

CARTA DE PRESENTACIÓN


Estimado lector (asumo que lector por partida doble, una, evidente, porque estás leyendo estas líneas, otra porque esto es un blog de literatura),
Bienvenidos a mi salón de lectura, una nueva aventura personal con la que pretendo profundizar en aquellos libros que van llegando a mis manos. Desde pequeño he sentido una gran fascinación por las historias, en todas sus formas de expresión, aunque han sido la literatura y el cine los medios que han ejercido una mayor influencia en mí. Mi interés por el Séptimo Arte he podido expresarlo desde hace años en el blog hermano del que aquí presentamos, adivinaquienvienealcine.com, pero desde hace tiempo he sentido la necesidad de retomar el análisis literario. De ese ansia nace salondelectura.com.
No es mi intención convertir este espacio en un expositor de la actualidad literaria, ni tampoco nace este blog con la urgencia de cubrir un número mínimo de entradas al día o la semana. Como cualquier otro salón, o al menos así debería ser, éste pretende ser un lugar de relax. Sí es cierto que mi lectura estará puesta principalmente en la narrativa contemporánea, pero más que un medio de divulgación, me gustaría que esto fuera un lugar de reflexión sobre lo que nos aporta la lectura. Si quieres acompañarme en este viaje eres bienvenido y espero que las entradas que poco a poco empezarán a nutrir este espacio virtual sean de tu interés.
Un cordial saludo,
Manuel Díaz
Lector